Por: Denisse Castro
Coordinadora de la Consultora InHaus - TLS
Cada año, miles de jóvenes egresan con un título universitario bajo el brazo y una pregunta inevitable: ¿están realmente preparados para ingresar al mercado laboral?
Aunque cuentan con formación académica sólida, muchos descubren que el tránsito del aula al empleo es más complejo de lo previsto. La exigencia de experiencia previa continúa siendo una de las principales barreras.
La brecha no es solo una percepción. Según un estudio de Manpower Group (2025), el 63% de jóvenes peruanos considera que la falta de experiencia laboral es el principal obstáculo para acceder a un empleo formal.
A ello se suma un mercado cada vez más competitivo, donde las empresas priorizan perfiles que ya hayan enfrentado entornos reales de trabajo.
Este escenario obliga a repensar el modelo formativo. Si la experiencia es una condición de entrada, no puede seguir siendo un requisito que se adquiere únicamente después de egresar.
Integrar proyectos reales con organizaciones dentro del proceso académico permite que los estudiantes apliquen conocimientos, asuman responsabilidades y desarrollen competencias profesionales antes de graduarse.
El propio Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo ha reforzado en 2025 programas de empleabilidad juvenil orientados a la capacitación práctica y la vinculación con empresas, reconociendo que la formación debe articularse mejor con la demanda productiva.
Por ello, reducir la distancia entre educación y mercado no es solo una tarea institucional, sino una apuesta por formar profesionales capaces de generar valor desde el inicio de su carrera.
Implica asumir que la experiencia también se construye en el proceso educativo y que la conexión entre las instituciones de nivel superior y empresa debe dejar de ser eventual para convertirse en parte estructural del aprendizaje y el desarrollo de la vida profesional.